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portada Siempre Quiso Ser Marlene
Ficha del Libro:

Título: Siempre Quiso Ser Marlene    comprar
Autor: Blanca Álvarez
Editorial: Algaida
I.S.B.N.-10: 8484332373
I.S.B.N.-13: 9788484332374
Nº P´gs: 304


Siempre Quiso Ser Marlene
por Antonio Ruiz Vega

Si hay un género estereotipado y que se preste más a la mixtificación este es sin duda el género llamado negro. Muchos escritores deben pensar que con meter en la coctelera una serie de elementos y agitarlos convenientemente el elixir está servido, pero luego los resultados pueden dejar mucho que desear. Diríamos, por lo tanto, que la novela negra es un género engañosamente fácil.

Todo ello para decir que este libro que nos ocupa no pertenece al género de las mixtificaciones, sino que respira autenticidad.

Nos ha recordado algo al finalista del Nadal del año anterior, Torres, que por cierto era bastante mejor que el ganador.

Blanca Álvarez, en Siempre Quiso Ser Marlene, se ha propuesto desarrollar una novela canónica del género, cargando las tintas en los ambientes y los personajes desgarrados. Pero ha conseguido imbuirle la credibilidad y autenticidad suficiente, con el mérito añadido de situarla en ambientes provincianos, de su Asturias natal. No es la primera, pero se agradece este ejercicio de realismo, tan apartado de esos otros que a toda costa quieren impresionarnos con su cosmopolitismo y que se inventan un Bronx o un Harlem de cartón piedra (algunos, entonemos el mea culpa, nos inventamos un East End que esperamos dé el pego, pero, ya se sabe, "There are liars, damned liars, and people who write books about Jack the Ripper").

Personalmente me ha interesado el diálogo intermitente que fluye por debajo de la trama, entre ese escritor y ese comisario, ambos ya en la cincuentena, que mantienen una entrañable relación de amor/odio. Razón llevaba Bretón con su famoso azar objetivo, porque esa misma idea está en la novela que actualmente escribo, segunda de la trilogía sobre El Destripador, The Ten Bell´s Tapes, y juro que se me ocurrió hace ya bastantes meses…

Un inciso para precisar que cada vez se edita peor, este libro, por ejemplo, se desayuna ya en las citas iniciales, en un buso por abuso (Pág. 9). Hay un le que debería ser un lo en la página 86. Y un las que debería ser los en la 105. Porque los miasmas no es femenino, aunque pueda sonar a tal. O el al a (en vez de a la) de la página 112. O el callejeara en lugar de callejera de la página 115. O la e que falta en el pertenecen de la página 126. O porqué la frase de la página 128 “No es tan…” comienza en cursiva y la pierde por el camino. O el en que falta en la página 133 (ese que fabricaban en el patio las mujeres). O las alaracas sin h de la página 175. O el el por le de la página 188. O la falta de mayúscula después de punto de la 189. O ese José Antio en vez de Antonio en la página 280. En los días del corrector automático de textos y de la edición digital es inconcebible que esto pase. Y es cada vez más frecuente. Muchas veces, lo sé por experiencia, son fallos achacables, más que al autor, a la hipercorrección de los correctores de estilo u ortográficos. ¿Quién habló de progreso?

Este libro es, entre otras muchas cosas, un canto a la ciudad de Gijón, y no sólo a la actual sino a la que la autora conoció en épocas pasadas y que, como tantas otras capitales de provincia, han sufrido la inclemente especulación inmobiliaria, algo que todos pensamos que terminaría con la dictadura, pero que comenzó a funcionar a pleno rendimiento justo al finalizar ésta. Por eso Blanca se refiere en las notas iniciales a esas:

"Ciudades robadas a toda prisa por el poder, arrebatadas a los ciudadanos de corazón atravesados por añoranzas y querencias. Ellos prefieren anónimos transeúntes ciegos, obligados a vivir lugares inhóspitos, inhumanos, impersonales, asépticos, sin otra huella que la de los especuladores sin entrañas".

Y es que la autora, en la mejor tradición Hammettiana, hace mucha crítica social y adopta el punto de vista de una cierta conciencia de clase, algo tan desprestigiado y que se lleva tan poco…

Como suele suceder la trama comienza con la aparición del cadáver de una joven prostituta, Sandra, en el squat que comparte con un travesti, que es precisamente el protagonista, el que siempre quiso ser Marlene (Dietrich, evidentemente).

El motivo de la muerte es la acostumbrada sobredosis (si es que eso existe, que según Escohotado, no) y la pasma no tarda mucho en decidir que aquello pide carpetazo urgente. Ponen por ello en el caso a un ocioso dinosaurio, un comisario inclasificable e incómodo, un residuo del franquismo con el que nadie sabe qué hacer. En la esperanza de que haga las gestiones de trámite y concluya la investigación cuanto antes. Pero se equivocan. Por puro pundonor enseguida detecta las incongruencias del caso. La joven no tenía un solo orificio de aguja, salvo el del que le causó la muerte. Pronto averiguó que no se picaba, y de ahí dedujo el asesinato, no la muerte accidental. Y en torno a este asunto va descubriendo una trama que pica muy arriba.

Entretanto su partenaire, su oponente dialéctico, el escritor de fama, Plumilla (Boucetas), ha llegado a Gijón, precisamente para participar en la archifamosa Semana Negra y van teniendo encuentros a lo largo de la narración. Parte del éxito del escritor le vino de una novela basada en hechos reales, la muerte de un combatiente antifranquista (Casto García Roza, de quien se dice, en la página 57, que era hermano de Julián Grimau (¿)) en comisaría, investigación en la que le ayudó bastante el comisario, Porreta (Casares), en la novela. Pero poco a poco se va viendo que no toda la verdad afloró entonces y que, por caminos inesperados, la muerte del viejo sindicalista está unida a la de la joven prostituta (Sandra) que compartía queo con la Marlene…

Cruza la escena la presencia rutilante, envuelta en una nube de odour femme, de Paula, una belleza juvenil extrañamente enamorada del maduro escritor que, parte por confusión mental, parte por limitaciones físicas, apenas la corresponde.

Pero, como digo, lo más sabroso es la relación entre el franquista (sui géneris) Porreta y el antifranquista Plumilla, aunque sólo sea para cerciorarse de que nada es lo que parece. Continuamente se tiran pullas retóricas, como esta de la página 36.

"Yo nazco cuando se inicia el Alzamiento y tú cuando derrotan a los tuyos. ¡Premonitorio!".

El discurso mental, y oral, del comisario Porreta, trufado de palabras mal sonantes, es espeso y contundente, algo que no puede dejar de detectar el Plumilla que le augura:

"Desde que hablas como si dieses paso a tus neuronas, te juro que veo en ti a un buen sustituto. Te sobran tacos y te faltan sinónimos. Poca cosa. Y me gustaría, estoy cansado de que me llamen para conocer mi opinión sobre la bragueta del presidente, por ejemplo". (Pág 40).

Para Boucetas, el Plumilla, el regreso a Gijón, su ciudad, es agridulce. Viene a recibir un cierto reconocimiento profesional, un cierto homenaje, y está también su reencuentro con Casares o con la belleza misteriosa. Pero también el deja vu del provincianismo:

Arribistas de una amistad que llevarse al currículum o al café de provincias, viviendo bajo el amparo, más o menos camuflado de algún periódico local, con un librito de versos publicado por la camarilla de amigos o, en el mejor de los casos, con una novela lanzada por editoriales de la comunidad, probable ganadora de alguno de tantos tantos concursos meritorios, descubridores de nuevos talentos, de jóvenes autores líderes de nuevas generaciones, y que a Boucetas le recordaban siempre, sin poder evitarlo, a las flores poéticas de otros tiempos. Estaba claro que pocas cosas cambiaban. Y si lo hacían solía ser para empeorar”.

Por cierto, que yo sepa ni el Ballantines ni el JB son whiskies de malta. Pág. 59. (claro que tampoco los alfanjes tienen doble filo, como los de la página 190).

El comisario, Casares (Porreta), termina por toparse, en su deambular por los bajos fondos, con Marlene, la travesti, y entre ambos se entabla una relación completamente inesperada y que provocaría la risa de no ser por la paradójica ternura que emana de ella. Casares detecta muy pronto que si Marlene (que es la que más puede informarle sobre la occisa) va durar muy poco si no la quita de la circulación y termina por llevársela a casa. Su guarida de soltero está pidiendo a gritos una presencia femenina, aunque sea tan avant la lettre como Marlene. Una relación que vemos funcionar con cierta armonía, cada uno en su rol, aunque no incluye el sexo. Casares, a lo que se vé, es muy macho.

Por cierto que, y esto lo digo yo no ella, (no sea que haya que ir a juicio) para mí que uno de los personajes mafiosos que aparecen por aquí es Álvarez Cascos…

La historia, el tema del tema (que diría Quim Monzó), es la identidad del asesino de la pobre prostituta, que es nada menos que el hijo del policía torturador que mató a Casto, el rojo sobre el que el Plumilla escribió el libro que redondeó su fama. Pero Porretas, el comisario, descubre, por una parte, que la verdad histórica se le da un ardite al Plumilla, tan progresista él y, por otra, que lo va a tener cuesta arriba para condenar al culpable. Las evidencias son circunstanciales y habrá de aflorar Marlene, a quien tiene poco menos que entxopinada en su pisito de soltero. Así que el viejo franquista se decide por la acción directa ("Seré yo, menuda burla, la mano que vengará la muerte de Casto", Pág. 200) y da mulé al hijo de mala madre que ha matado… a su hermana (sí, la trama es complicadilla).

"– ¿Vás a actuar por tu cuenta?

– Sí, señor, libre de cargo, de placa y sin leyes.

– Eres un punto facha.

¡Y tú un hijo de puta al que le importa la gente una puta mierda!". (Pág. 201).

No es raro que el personaje más humano y más simpático de la novela (aunque Marlene se hace querer también) sea el viejo comisario, Casares, Porreta. Júzguese por el detalle de la página 249, isn´t he lovely?

Casares no tenía cuenta, ni deudas, ni domiciliaciones. Todos los meses sufría una bronca en Comisaría cuando exigía un sobre con el salario en metálico. `Joder, tío, tú necesitas un país para ti solito´, quejaban en administración”. (por cierto este “quejaban”, siendo reflexivo, ¿no debería llevar antes un se?).

La ironía, una más, de este excelente novela, es que se sugiere en las últimas palabras que posiblemente todo esto terminará por ser aprovechado por Boucetas, el Plumilla, para escribir una novela, que se titulará, evidentemente, Siempre Quiso Ser Marlene.

Es una gran novela, una gozada narrativa, y además, plantea problemas, dice cosas. En fin, que siendo factible como es escribir novelas viables, amenas, que capten al lector y le interesen, etc. ¿Porqué hay tanta gente empeñada en perpetrar bodrios solipsísticos? Y sobre todo ¿porqué las editoriales siguen empeñadas en ponerlos en circulación? ¿No sería más práctico que promover la lectura mediante campañas y demás imbuir un poco de sentido común en la mente de los editores? Mucha culpa de la deserción de los lectores la tienen también las pistas falsas, atizadas por los intereses creados de la merced o del amiguismo, de casi toda la crítica. Entre unos y otros van a acabar (están acabando) con el libro…  

 

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