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Lámpara de Fiebre
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por Manuel Lozano
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Hay cegueras escrupulosas -bienaventuradas mareas- que permiten, solapadamente o no, increíble y pesadillescamente, el acceso a territorios de contraluces extremos donde emerge la Poiésis. Es una zona de llegada, pero también de principios. René Char, que la conoció bebiendo feroz de su manantial, la llamó lo imposible fascinante: vale decir, el más alto grado de lo comprehensible.
Desde Platón con su caverna mítica y Plotino con su asediante Ojo Interior, tan cercano a las indagaciones de Hermes Trimesgistos, hasta Shakespeare con la mirada con que miran los ciegos o -más acá en el tiempo- las sumersiones posesas de un Rimbaud o de un Apollinaire, el intento provoca una escisión de fuego en mitad del desierto. ¿No fue acaso Nietzsche, a su vez, el que recomendaba pararse en mitad del desierto y celebrar una gran fiesta?
Jorge Castillo Fan, declarador de vértigos, anunciador de crueles separaciones en la descripción de un mundo en duelo, provoca con su Lámpara de Fiebre que esta diáspora sea un medio de llegar a descubrir-revelar zonas vedadas a plena luz del día:
La dimensión de esta herida es dos distancias: derrumbe de los cuerpos almas que se apagan Un llanto clandestino como en los eclipses.
No resulta imposible encontrar en esta vía de conocimiento los intersticios por los cuales la palabra accede al cuerpo de la sed para instigarlo y, por qué no también, principiar una devastación. Porque en Lámpara de Fiebre toda palabra se asume cuerpo y temblor, fuego y dispersión: En todas las hogueras de tu sueño / sólo labios en cenizas. Es que el autor abraza, desde el comienzo, la búsqueda de esta vía con una terca convicción tan cercana a las pesadillas, ese tigre del género, según nos recordara Borges. Escribe:
Una palabra Una sola palabra que aflore del fuego más perfecto de los cuerpos sellados por el viento Como en el amor más alto de la hierba y del rocío (...) Una palabra Un puente que se enciende para siempre Un solo soplo de alma y todo bajo el cielo estará dicho.
Este sendero hacia la -permítanme definirla como- Poiésis del fuego lustral, prologa dos tentativas: la fiebre y el amor, indisolubles emblemas omnipresentes de una orgía órfica. Los cuatro el Un saludo cordial. ementos -caros a los asombrados e inactuales presocráticos- tampoco serán ajenos a esta alquimia de una no menos inactual construcción dialógica: ...En fin : el fósforo y la puerta / el tránsito y la senda / en que retorno a mí / En que regreso a ti / por todo el curso de tu ausencia. Síntesis de tierra, de fuego, de aire y de agua, así las ha bautizado Castillo Fan. A lo largo de toda esta Lámpara de Fiebre la vindicación del sueño -sea a través de las intensidades del amor: ...y en el cielo un relámpago de sed / que clama ¡amor! ¡amor! ¡amor! (y nada)., o por medio del silencio : Hasta que el silencio (voz en hielo) derrítase en canciones por tu cuerpo / tendrá por lecho mi fiebre estos papeles / mi noche por cielo estas palabras...- teje nuevas resignificaciones y desafíos al lector. Tampoco resulta azaroso el acápite, único del libro, del recordado Pedro Salinas: Por ti he sabido yo cómo era el rostro de un sueño: sólo ojos. Éstos son los ojos caníbales que engendran el escenario de espejos cóncavos de la poesía. Ver para fundar. Ver para describir el mundo. Ver para deformar esa descripción del mundo. Ver para difuminarlo. Ver lo que ha de soñarse entre las madrigueras y los aserraderos de las borrosas sombras encadenadas de esta caverna platónica. La aparente simplicidad del ¿Eres o soñaba? de este texto, reafirma el pánico del desdoblamiento. Un libro refracta una genealogía de ideas y de emociones, una ebriedad y un vacío, dibuja el plano de una comarca hecha de precisas palabras, que son también -y por fortuna- incesantes. Siguiendo la tradición de Albert Béguin, en esta Lámpara de Fiebre se unen la ensoñación irracional con el desamparo del Yo:
La soledad de mi ceniza que nunca renunció a tu nombre Las hélices del pecho en su canción de lirio y aguacero El prístino escudo de la espera Estos redobles crecientes de mi entrega Dos manos como un ala etérea o sed perfecta de aire fuego tierra o agua : una lámpara de fiebre.
Así llegamos a aquel punto de éxtasis que tanto obsesionara a Georges Bataille.* En Lámpara de Fiebre, ese punto abre puertas de irisamiento y desnudez crecientes. Revela los nudos de la ilusión verbal que tatúan lo nombrado. Nombra con valentía los ritos sacrificiales de la desesperante condición humana.
* Cf. L´Alleluiah. He querido y encontrado el éxtasis. Llamo a mi destino el desierto y no temo imponer ese misterio árido. Ese desierto al que he accedido, lo deseo accesible para otros, a los que sin duda falta, nos advierte Bataille en este libro.
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